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¿Qué consecuencias genera la violencia en los niños y las niñas?

Por Ana María Moreno, Maestra en Psicología y consultora en UNICEF

¿Cómo es que las primeras experiencias que vivimos influyen en nuestra vida adulta? ¿qué sucede si nuestros primeros años de vida están marcados por eventos violentos?

Los efectos de la violencia en la primera infancia

Durante la primera infancia los seres humanos se encuentran en la etapa más importante para su desarrollo, en este momento “[…] se producen numerosas transformaciones en las facultades físicas, mentales, cognitivas y socioafectivas de niños y niñas. Esas transformaciones dejan una impronta en la adquisición de competencias y capacidades, así como en las formas de relacionarse, comunicar, aprender y jugar.” (UNESCO, 2007, p. 119).

Desde el nacimiento cada experiencia cuenta: los cuidados que se reciben, el ambiente, los juegos, la correspondencia a las muestras de afecto, las canciones, las conversaciones, el contacto con la naturaleza y con la cultura, son elementos que van a conformar la plataforma de las habilidades emocionales, sociales y cognitivas de niños y niñas en su vida adulta.

Se trata de una etapa de intenso crecimiento en la que se torna especialmente importante para el bienestar de los niños y niñas establecer relaciones afectivas seguras y receptivas con los adultos cercanos “Ninguna persona puede sobrevivir sin los cuidados de otra.” (Barudy y Dantagnan, 2009, pp. 25), así como tener acceso a oportunidades positivas que garanticen su supervivencia y satisfacción completa a sus necesidades de alimentación, higiene, descanso, afecto, interacción social y aprendizaje. “Los primeros años de la vida son un periodo de desarrollo excepcional del cerebro que sienta las bases del aprendizaje ulterior. […] En esos años, los niños que reciben un apoyo afectivo desarrollan su sensación de seguridad personal y física y estrechan sus lazos con sus familias y comunidades.” (UNESCO, 2007, p. 121).

De la misma manera en que los estímulos adecuados pueden contribuir al bienestar infantil brindando seguridad y espacio suficiente para desarrollarse y madurar, cuando un niño o niña vive situaciones violentas o de abandono los daños son profundos, dejan secuelas [Symbol]a corto, mediano y largo plazo[Symbol]. “El desarrollo de niña y niños pequeños es especialmente sensible a los efectos negativos de una mala alimentación, de la negligencia en los cuidados, de la falta de atención de los padres, madres y/o cuidadores y de los malos tratos.” (Ibíd.).

Las experiencias tempranas que producen miedo y ansiedad generan diversas respuestas bioquímicas en el cuerpo. Por ejemplo, ante el miedo el cerebro activa una alerta que acelera el ritmo cardiaco y produce un aumento de hormonas como el cortisol, la cual, cuando se produce en exceso o prolongadamente afecta directamente estructuras del cerebro como la amígdala, el hipocampo y la corteza prefrontal; estas áreas se relacionan con funciones esenciales para el ser humano como la planeación, memoria, atención, control de impulsos y el uso de información para la toma decisiones. Si las necesidades fundamentales de los niños y niñas no son satisfechas, y por el contrario se les expone a gritos, golpes, humillaciones, abusos o situaciones de riesgo, las consecuencias dañinas pueden perdurar durante toda la infancia y trascender a la edad adulta.

Cuando los niños y niñas son víctimas de violencia en su vida cotidiana, surgen respuestas fisiológicas que provocan un estado de alerta permanente en el sistema de defensa del niño causándole estrés tóxico. “Los niños expuestos a la violencia familiar (ya sea que hayan sufrido abusos físicos ellos mismos o que hayan sido testigos de la violencia doméstica) muestran una mayor activación de la amígdala frente a rostros enfurecidos, pero no frente a rostros tristes. Esto constituye una respuesta hipervigilante a la amenaza social.” (Oates. Karmiloff y Johnson, 2012, p.52) Esas experiencias se consolidan como memorias de aprendizaje temprano ante el miedo, dejando huellas persistentes que causan déficits en la capacidad de diferenciar entre amenazas reales y situaciones neutrales; provocan desórdenes de ansiedad e impactan en los procesos de aprendizaje y la capacidad para interactuar con otras personas. Los niños y niñas que enfrentan circunstancias adversas desde los primeros años de vida sufriendo maltrato o como testigos de actos violentos son más proclives a adoptar comportamientos peligrosos para ellos y para las personas con quienes conviven:

Diversos estudios indican que la exposición al maltrato y a otras formas de violencia durante la infancia está asociada a factores y comportamientos de riesgo en la edad adulta. Este tipo de comportamientos abarca: victimización con violencia y perpetración de actos violentos, depresión, tabaquismo, obesidad, comportamiento sexual de alto riesgo, embarazo no deseado, y consumo de alcohol y de estupefacientes. (OMS, 2009, p. 13)

El maltrato y la violencia en todas su formas son una realidad en el contexto de la primera infancia, “las niñas y niños muy pequeños no son capaces de denunciar la violencia por sí mismos, por lo cual son los más expuestos a padecer lesiones graves o daños neurológicos, o incluso a perecer” (Ibíd. p. 56); el reto es ofrecer a los niños y niñas entornos libres de violencia, garantizar el pleno ejercicio de sus derechos en cada uno de los espacios en los que se desenvuelven (hogar, centro de desarrollo infantil, comunidad) brindándoles entornos armónicos que les inviten a explorar, conocer y desarrollarse plenamente con la presencia de adultos confiables y aplicando las medidas necesarias para reducir los factores de riesgo que los rodean.

La igualdad de oportunidades y las estrategias de prevención de la violencia son esfuerzos necesarios para otorgar los recursos que permitan a las nuevas generaciones convertirse en jóvenes con estructuras emocionales fuertes, que se adapten a nuevas situaciones con flexibilidad y asertividad, capaces de construir a su vez una realidad diferente.

Las opiniones, análisis y recomendaciones aquí expresadas no reflejan necesariamente las opiniones del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia.

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